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Acepta nuestras notificaciones y dale “suscribirme” al 100% de las NOTICIAS.En este artículo de opinión, el sociólogo Oscar René Vargas analiza el momento crítico que atraviesa el régimen Ortega-Murillo y plantea los posibles escenarios políticos que podrían abrirse en Nicaragua ante el desgaste interno


Óscar René Vargas
La acusación de corrupción, real o supuesta, la utiliza, habitualmente, el régimen Ortega-Murillo para justificar la condena de opositores y separar a miembros de los círculos de poder con el fin de ocultar otros asuntos. La corrupción es sin duda un problema grave de la sociedad nicaragüense ya que la corrupción es endémica.
La corrupción está arraigada en un sistema de poder autocrático y de privilegios al que pertenecen Ortega-Murillo, su familia y sus allegados. Durante décadas, los integrantes de la burocracia dorada se sirvieron con la cuchara más grande que encontraron y en ejercicio de sus respectivos puestos de primer nivel gastaron y robaron a manos llenas.
Aunque Ortega-Murillo están conscientes de sus consecuencias negativas para el desarrollo del país, este sistema es el que le permite aceitar la maquinaria que le posibilita mantenerse en el poder y acumular riqueza personal; sin embargo, se ha transformado en uno de los factores que alimentan el proceso de implosión sociopolítica del régimen.
La estrategia de la represión implementada por Murillo tiene el objetivo de que la represión se remarque o se vea como aplicación de la ley, se criminalice la disidencia y que la resistencia sociopolítica se defina como “terrorismo” en contra el orden establecido. Sin embargo, por un efecto boomerang, la generalización de la represión propaga la inestabilidad sociopolítica en lugar de eliminarla. La represión dejó de ser episódica, sino que se ha institucionalizado. Es probable que se agraven las contradicciones entre el régimen y los poderes fácticos externos e internos. Y que las fisuras y/o fracturas políticas internas exacerban la crisis sociopolítica ya de por sí volátil.
El régimen Ortega-Murillo no gobierna el país a través de una mediación política o la negociación con los otros poderes fácticos, sino por medio de un lente de seguridad policial-militar. Esta visión subordina el desarrollo de las fuerzas productivas del país al control autoritario; la ciudadanía, a la verificación; la estabilidad sociopolítica no se define por la justicia o el consentimiento, sino por la mera ausencia de desorden visible.
Murillo trata que, a través de la política represiva, se afiance su poder, que la política sea sustituida por la coacción. Igualmente, que la purga se convierta en la norma, no porque resuelva las fisuras y/o fracturas internas, sino porque es, para ella, administrable. Sin embargo, las purgas de miembros de la cúpula del poder no ponen fin a las tendencias y/o fracciones internas, sino que las reorganiza y sus consecuencias traspasaran las realidades que la represión por sí sola no pueden sellar.
No es la primera vez que Ortega-Murillo ataca y purga a miembros de su círculo más cercano. Es bastante lógico en un régimen tan personalista. A medida que la situación interna del país se deteriora producto del desarrollo de las cinco crisis (económica, social, política, religiosa e internacional) y, con ella su autoridad, la contestación a su poder, se hace viable/posible, ya que esa réplica pueda provenir de los propios anillos de poder, también de los diferentes poderes fácticos.
En los regímenes dictatoriales es habitual liquidar políticamente, de manera preventiva, a miembros de los círculos íntimos del poder que pudieran transformarse en una alternativa política en una fase de transición. Es decir, en Nicaragua, ser miembro de los anillos de poder es un privilegio muy valioso para gozar de muchas prerrogativas, pero en las actuales circunstancias supone un alto riesgo como lo demuestra el encarcelamiento y purgas de miembros que pertenecían a los anillos de poder.
Algunos analistas políticos se preguntan si estas purgas son una prueba de fuerza o debilidad del régimen Ortega-Murillo. ¿Por qué no ambas cosas? Los dictadores tienen el poder llevarlas a cabo, pero no para estabilizar su control político o calmar su paranoia. Su ambición de implementar la sucesión dinástica en la figura de Murillo choca con la realidad. Las cinco crisis son demasiadas vastas para imponer una dictadura de manera indeterminada en el tiempo.
Al decretar, en enero de 2025, la primacía en la figura de la co-presidencia excluye de la asociación del poder a la mayoría de los miembros de los círculos cercanos de poder y a todos los que no son los hijos de la pareja presidencial. Al modificar la Constitución para obtener el derecho de gobernar de por vida, deja de asociar a los miembros de los poderes fácticos (empresariales, militares, comerciantes, etcétera) y a los representantes de las nuevas generaciones en la gestión del Estado.
Las purgas en curso son las más importantes desde los años ochenta del siglo XX. Con la Constitución Chamuca (2025), rompieron el equilibrio sociopolítico de la sociedad nicaragüense que permitía que los poderes fácticos se expresaran con cierto juego político, lo cual le garantiza cierta flexibilidad al sistema.
En los años ochenta, Ortega era el Presidente de la República, pero la dirección política del FSLN estaba compuesta por nueve miembros cuya legitimidad se basaba en el papel que habían desempeñado en la lucha contra la dictadura somocista. La fuerza de Ortega, no de Murillo, radica en haber sabido asociarse con la mayoría de esa dirección política, pero esa unidad se resquebrajó después de la derrota electoral de 1990.
A partir de 1990, las luchas fraccionales se desarrollaron que desembocaron en el control político del partido por Ortega. A partir de ese momento, la crisis del sandinismo es muy compleja, llena de sombras mortíferas, culto a la personalidad desenfrenado, incremento de corrupción entre los principales cuadros del partido, la dirección política histórica del FSLN se desintegró lo que permitió la apropiación por parte de Ortega del partido. Paralelamente, se produce el aplastamiento de la autonomía relativa de todos los órganos partidarios y de las organizaciones de sociales de masa y sindicales, coyuntura que permite el surgimiento de Murillo en el escenario político nacional.
Es a partir de 2007, que comienza el reinado político de Murilllo a nivel nacional. Su actividad política ha desacreditado la llamada “segunda fase de la revolución” y ha creado las condiciones políticas objetivas para la derrota del régimen. Ese proceso se inició en el 2018, con la represión extendida a todos los ámbitos sociales y políticos, destruyendo las organizaciones e instituciones sociales, empresariales, periodísticas, religiosas y académicas.
Tras su elección como vicepresidenta en 2017, Murillo ha sabido aprovecharse de su posición para dotarse de grandes poderes; sin embargo, su legitimidad es débil. Hoy en día, la evolución política de la situación interna e internacional no le favorece, ni mucho menos para asegurar la sucesión dinástica, su dependencia del paraguas político de Ortega le permite controlar el poder institucional.
Los signos de la crisis del régimen son numerosos, los profundos efectos negativos de la rebelión de abril de 2018 siguen haciéndose sentir y va mucho más allá del endeudamiento acelerado y de la atonía de la economía. Más de 5 millones de personas se encuentran en condiciones de pobreza y el deterioro de las condiciones de vida continúan. De acuerdo a la FAO el 30% de la población nicaragüense vive en condiciones de “pobreza alimentaria”; es decir, 3 de cada 10 nicaragüenses se saltan el desayuno, almuerzo o la cena por falta de dinero.
Normalmente, lo que le permite a un régimen autoritario ganarse la neutralidad de la población, más allá del clientelismo político, es que la mayoría de la población tenga la convicción que la situación económica de los hogares y que sus condiciones de vida van a mejorar.
Sin embargo, sucede lo contrario: el sentimiento de inseguridad crece, la corrupción generalizada se expande y los estragos del deterioro del nivel de vida se dejan sentir con más dureza (alto niveles de desempleo, incapacidad de adquirir una canasta básica de los trabajadores formales e informales, deterioro de la salud, etcétera). Esta mezcla explosiva debilita a Murillo en alcanzar su objetivo de ser la sucesora de la dinastía y asegurar el actual sistema autoritario.
Producto de las cinco crisis tanto Murillo como la clase política tradicional y todo su entorno negativo que ha provocado el capitalismo de amiguetes en la sociedad nicaragüense, es lo que ha configurado el declive del régimen por su incapacidad para resolver las demandas básicas de la población. Los problemas socioeconómicos que acosan al régimen son los más difíciles de resolver. El régimen continúa un proceso de declive que le pasará factura en el corto plazo tanto por factores internos como por el factor Trump a nivel regional.
Si las confrontaciones sociopolíticas e internacionales se intensifican, la clase patronal nicaragüense podría entonces apoyar con todo su peso a favor del bando a favor por el “cambio en frío” del régimen y satisfacer las inclinaciones “neo-democráticas” que ya están en juego en ese bando. La estrategia de Murillo será entonces la represión interna para tratar de poner fin a las confrontaciones sociopolíticas disruptivas que amenazan el proyecto de la sucesión dinástica.
Por otro lado, el murillismo está carcomido por la corrupción, lo cual fragiliza la cadena de mando en el Estado para el buen funcionamiento del aparato gubernamental. Al mismo tiempo, se ha desorganizado, parcialmente, su propia base social por las purgas permanentes y, por último, Murillo no tiene una experiencia política-militar significativa que le permita sortear las cinco crisis, aunque siga implementando la represión con el objetivo de alcanzar su ambición totalitaria.
No hay que olvidar que en la lucha política es necesario saber administrar los recursos estratégicos, siendo el principal el tiempo político. Murillo, en la coyuntura actual, no goza de mucho tiempo político para mantener el inmovilismo político por haber fagocitado a miembros importantes de su círculo y por el regreso de Trump al poder que alumbró una nueva realidad geopolítica en la región.
Existe un desgaste en la legitimidad internacional del régimen debido a la represión sistemática y a la falta de democracia, esta realidad el régimen no tiene aliados, ha quedado desdibujado y más aislado como lo demuestra la reciente reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Una época política está llegando a su fin y otra la está sustituyendo. Nos encontramos en un punto de inflexión en el que lo cuantitativo se convierte en cualitativo y el cambio pasa de ser lento a rápido. Murillo tiene demasiados problemas superpuestos en el proceso de declive que vive el régimen Ortega-Murillo. Murillo tiene muy pocas opciones reales para resolverlos, lo que estamos viviendo es una transformación en el marco del capitalismo de amiguetes, pero no es un retorno a algún pasado. Se vive un periodo de cambio, lleno de peligros, pero también de oportunidades históricas para una sociedad mejor.
Consideramos que el régimen Ortega-Murillo se encuentra en una situación similar a lo que en teoría ajedrecista se llama “zugwang”. Es el momento en que la partida de ajedrez nos indica que un jugador tiene una desventaja o fragilidad en el juego, ya que cualquier movimiento que haga supone empeorar su situación. El régimen sigue intentando cambiar la partida cuando ha perdido, estratégicamente, con sus propias reglas.
Sostenemos que la dictadura Murillo-Ortega se encuentra, políticamente, en una situación de “zugwang”, ya que se halla en una posición de desventaja porque cualquier acción que ejecute, ya sea incrementar la represión, o incluso la inacción, empeorará su situación sociopolítica, producto de la presión internacional y por la descomposición interna producto de las cinco crisis (económica, social, política, religiosa e internacional). Sin embargo, el régimen tiene necesidad de moverse para prolongar su permanencia en el poder, incluso cuando sabe que cualquier movimiento que implemente o error no forzado que haga tiende a empeorar su posición al fragilizar o fracturar sus propios pilares de sostenimiento.
En el marco de ese “zugwang” político, ¿Qué puede pasar mañana en Nicaragua? ¿Logrará Murillo imponer la opción de continuidad de la lógica de “el poder o la muerte”? ¿Los poderes fácticos buscarán un pacto con Ortega-Murillo para implementar una “salida al suave” a través de elecciones? ¿El régimen al jugar la carta del inmovilismo sociopolítico para mantener la viabilidad de la sucesión dinástica posibilitará una salida de una junta de transición cívico-militar? ¿Los Estados Unidos jugarán la carta de crear una especie de protectorado, algo similar sucedió en Nicaragua a partir de la intervención norteamericana en 1909 poniendo un nuevo Adolfo Díaz? ¿El deterioro del sistema sea tal que pueda crear las condiciones sociopolíticas para un nuevo tsunami como en el 2018? Por último, ¿si falleciera Daniel Ortega los acontecimientos políticos aceleran la transición sin que Murillo tenga la capacidad de administrar/ gestionar la crisis que se abriría, se transformándose en el cisne negro?.
Todos los escenarios están abiertos, solamente los acontecimientos nacionales e internacionales van a inclinar la balanza a favor de un escenario de salida del régimen u otro. En todos los escenarios posibles, hay un común denominador: el tiempo político del régimen se le terminó.
En cualquier caso, las opciones son muy poco atractivas para el régimen Ortega-Murillo: o cede ante Estados Unidos con medidas que teme que pongan en riesgo su supervivencia, como la celebración de elecciones, o se enfrenta a un incremento de las cinco crisis de proporciones descomunales, sin garantías para Ortega-Murillo, su familia y sus allegados. En el pasado, la respuesta del régimen ante ese tipo de situaciones siempre ha sido endurecer la represión. El régimen no tiene conciencia que la historia política se frena, se acelera, cambia de ritmo, a veces se demora, pero no se detiene y que su tiempo político se acabó.

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